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viernes, 13 de abril de 2018

El árbol de cacao

El árbol de cacao y el modo de preparación de la bebida

 Por Thomas Gage (Viajes por Nueva España y Guatemala)


El árbol que produce este fruto es tan delicado y la tierra donde crece tan extremadamente caliente que para salvar el árbol de ser consumido por el calor primero plantan otros árboles, a los cuales llaman “las madres del cacao”, y cuando éstos han crecido hasta una altura adecuada para dar sombras a los árboles del cacao, entonces plantan los cacaotals, o árboles del cacao, de forma que cuando éstos empiezan a mostrarse sobre el suelo, los árboles que ya están crecidos los protegen y como madres los nutren, los defienden del calor y les dan sombra.

 El fruto no crece desnudo, sino que, como dije antes, dentro de una gran envoltura o bolsa hay muchos granos y, además, cada uno de ellos están envuelto en una piel blanca y jugosa que a las mujeres les gusta chupar, encontrándolo fresco, preparándolo también en agua. Hay dos tipos de cacao: uno, que es el más corriente, que es de un color oscuro, inclinándose al rojo, y que es redondo y en forma de pico en los extremos.

 El otro es más ancho, más grande y más plano y no tan redondo, a éste le llaman patlaxte y es blanco, más seco y se vende bastante más barato que el primero, y especialmente éste, más que el otro, causa insomnio y ahuyenta el sueño, y, por tanto, no es tan útil como el ordinario y lo consumen principalmente las clases más ordinarias y bajas.

 Cuanto al resto de los ingredientes que completan esta confección del chocolate, hay notable variedad, porque algunos le echan pimienta negra, lo cual no aprueban la mayoría de los médicos, porque resulta tan caliente y seco que sólo es bueno par los que tengan el hígado muy frío, pero, generalmente, en vez de esta pimienta le echan un pimiento largo y rojo llamado chile, que, aunque es caliente en la boca, es frío y húmedo en la digestión. Se compone, además, de azúcar blanco, canela, clavo, anís, almendras, avellanas, orejuelas, vainilla, sapayoll, agua de azahar, algo de nuez moscada y una parte suficiente de achiote para que le dé color de ladrillo rojo.

La receta común de Antonio Colmenero es ésta: Por cada cien porciones de cacao, dos porciones de chiles, ese pimiento rojo y largo, un puñado de anís y de orejuelas y dos de las flores llamadas mechasuchil o vainilla, o, en vez de eso, seis rosas de Alejandría molidas, dos porciones de canela y una docena de almendras y otra de avellanas, media libra de azúcar blanca y suficiente cantidad de achiote para darle color.

Antonio Colmenero pensó que no eran apropiadas ni el clavo ni la nuez moscada, pero estos ingredientes se usan mucho en las Indias.

Dos aras rojas. Foto de Elena

 Otros suelen echarle maíz o panizo, que es muy flatulento, pero sólo hacen esto para su provecho, aumentando la cantidad de chocolate, porque cada fanega o medida de maíz, que contiene cerca de un bushel y medio, se vende por ocho chelines la libra, que es el precio ordinario, La canela es considerada uno de los mejores ingredientes y nadie lo niega, porque es seco y caliente en tercer grado, provoca orina, ayuda a los riñones y es buena para los que tengan enfermedades frías, es buena par los ojos y es, en efecto, un buen cordial, como dice el autor de estos versos “Commoda urinae cinamomum renibus aefert lamina clarificat, dira venena fugat”. 

 El achiote tiene una cualidad atenuadora y penetrante, como lo muestra la práctica común de los físicos en las Indias, muy experimentados en sus efectos, quienes lo dan a sus enfermos para cortar y atenuar los grandes humores que causan insuficiencia respiratoria y retención de orina, y así se usa para toda clase de bloqueos, y se dan para las obstrucciones que hay en el pecho o en la región del vientre o en cualquier otra parte del cuerpo.

 Este achiote también crece en un árbol en bolsas redondas, que están llenas de granos rojos, de los cuales se saca el achiote, que primero se hace pasta y luego de secada se transforma o bien en bolsas redondas o tortas, o en forma de pequeños ladrillos, y así se vende.

 En cuanto a los pimientos rojos y largos, los hay de cuatro clases; unos se llaman chichotes; otros son muy pequeños y se llaman chilterpin, y estas dos clases son muy picantes. Las otras dos se llaman toachiles y sólo son moderadamente picantes, por lo que los indios lo comen con pan, como comen otros frutos, pero la que generalmente se echa en el chocolate se llama chipaclagua, la cual tiene una amplia cáscara y no es picante como las primeras ni tan suave como la última. 

 La mecasúchil, o vainilla, tiene una cualidad purgante. Todos estos ingredientes se echan al chocolate y también otras cosas de acuerdo con los gustos. Pero las clases más pobres, como negros o indios, generalmente no les echan más que cacao, achiote, maíz y unos pocos chiles un poco de anís. 

Y aunque el cacao se mezcla con todos estos ingredientes que son calientes, ha de haber una gran cantidad de cacao, luego todo estos ingredientes sirven para templar la frialdad del cacao, de donde se saca la conclusión de que esta confección del chocolate no es tan fría como el cacao ni tan caliente como el resto de los ingredientes, sino que, de la acción y reacción de estos ingredientes, resulta un producto moderado que puede ser bueno para estómagos fríos y calientes si se toma moderadamente

Vida de un prior en Nueva España

Vida de un prior en Nueva España

(por Thomas Gage, extracto de Viajes por la Nueva España y Guatemala)


El fraile Calvo presentó al prior del convento de Santo-Domingo de San Juan de Ulhúa (San-Juan de Ulúa o Veracruz) a sus dominicanos, quien nos dio un caluroso recibimiento, ofreciéndonos unos dulces y una taza de la bebida india llamada chocolate, de la que hablaré más tarde. Al acabar este refresco comenzamos una buena comida de pescado y de carne, no faltó ningún tipo de ave, nos ofrecieron numerosos pavos, capones y gallinas para mostrarnos las abundantes provisiones del país.

El prior de este monasterio no era anciano de cabello blanco como son normalmente los superiores que tienen que gobernar a los frailes jóvenes e irresponsables, sino que era un galante jovenzuelo que (según fuimos informados) había obtenido de su superior de la provincia el mando de ese convento con un soborno de mil ducados.

Después de comer nos llevaron a unos cuantos a su aposento, donde observamos su falta de sobriedad y el poco ambiente de religión y mortificación que había en él. 

Habíamos esperado encontrar en su aposento una biblioteca que nos probara su amor hacia el estudio y el aprendizaje, pero no encontramos más que doce libros viejos situados en una esquina, llenos de polvo y telarañas, como si estuvieran avergonzados de que el tesoro que encerraban estuviera tan olvidado y menospreciado, y la guitarra (el laúd español) ocupaba el lugar preferencial por encima de ellos. Su aposento estaba ricamente decorado, colgaban muchos cuadros, algunos hechos con lana, otros con plumas de Mecheocan de diversos colores, sus mesas estaban cubiertas por manteles de seda, sus cajones adornados con varios tipos de tazas y platos chinos, guardados con varias clases de carnes y conservas.

 
Una flor roja en Centroamérica. Foto de Elena
 Todo esto pareció a los celosos frailes de nuestra misión una gran vanidad impropia de un fraile pobre et mendicante.

A los otros, cuya finalidad al venir a estos lugares desde España era obtener libertad, relajamiento y riquezas, este espectáculo les agradó mucho y les dio ánimos para adentrarse más en este país, donde pronto un mendigo Lázaro podría convertirse en un satisfecho y rico Epulón.

El discurso del joven y poco serio prior no era más que un vanidoso fanfarronear de si mismo, su nacimiento, su amistad con el jefe superior de la provincia, su proveniencia, el cariño que las señoras mejor situadas y las mujeres de los comerciantes más ricos de la ciudad tenían hacia él, de su clara y excelente voz y gran destreza en la música, de lo cual nos dio una muestra tocando su guitarra y cantándonos algunos versos (como él dijo, compuestos por él) dedicados a alguna bella Amarylis o aun más bella Norma

jueves, 12 de abril de 2018

Historia del fraile Navarro

Historia del fraile Navarro


por Thomas Gage


Tuve la oportunidad de conocer a Juan Navarro, un fraile franciscano, en la ciudad de Guatemala, que después de disfrazarse con ropas seglares disfrutó durante un año en España de la impúdica compañía de una Amarilis, famosa actriz de teatro, y por temor a ser descubierto se alistó en una misión para Guatemala el año 1632 esperando disfrutar allí, con mayor libertad y un menor temor al castigo, de cualquier objeto carnal y lascivo.

En una palabra, bajo el ropaje de piedad y conversión de almas es la libertad la que atrae a tantos frailes (normalmente jóvenes) a esos remotos lugares de América, donde después de aprender alguna lengua indígena se les concede una parroquia para vivir solos, alejados de la vigilancia del prior o superior, fuera de las fronteras y del ámbito de los muros del claustro. Se les autoriza a tener una casa propia y a quedarse con tantos patacones españoles como su ingenio les enseñe estrujando a los indios recién convertidos. Esta libertad de la que no pueden disfrutar en España es la causa de la perdición de las almas de los malvados frailes en aquellos lugares.

Sólo de momento mencionaré de nuevo al fraile Juan Navarro, famoso por su talento y sabiduría, como profesor y lector de teología y muy apreciado por sus inteligentes sermones, qua a su llegada a Guatemala obtuvo, entre otras muchas cosas, la estimación y el amor de una nombre dama (Qui semel est imbuta recens servabit odorem) que perpetuó en el corazón de Navarro el lujurioso amor que éste había ofrecido anteriormente a Amarilis, de tal forma que el fraile, cegado y herido con las flechas de Cupido, clavadas en su corazón, se lanzó de cabeza a apagar su apasionada sed en el día de Santiago del año 1635. Para dejar constancia de este trágico acontecimiento en este día de Santiago (abogado de los españoles y patrón de esa ciudad llamada Santiago de Guatemala).

Un riachuelo en Centroamérica. Foto de Elena

Sucedió que el cruel esposo, encontrando al paje de Cupido, Navarro, haciéndole la corte a Venus en su cama, desenvainó la espada hiriendo al fraile en la cabeza y en la cara primero, el cual luchando con la muerte, salvó su vida con una rápida huida al jardín donde otro fraile de su misma orden (y encubridor del malvado acto) entretenía a los huérfanos de madre, ya que el marido, habiendo fallado el golpe en el corazón de Navarro (intencionadamente como algunos imaginaron o accidentalmente como juzgaron otros), hundió, con fuerza, la espada en la garganta de su esposa infiel, apenas dejándole ocasión para hacer une rápida confesión de sus pecados al compañero de Navarro.

Este atendió su alma tanto como su hermano había acariciado su cuerpo y le absolvió de su pecado encontrando señales de arrepentimiento, pues ella no pudo pronunciar palabra.

La esposa fue enterrada aquel mismo día, es esposo se retiró a un monasterio y Juan Navarro conducido a su convento para ser curadoñ un vez sano fue desterrado al Rio de la Plata.

(Thomas Gage, Viajes por la Nueva España y Guatemala, 1648. Publicado en Londres)

Historias desde la Argentina

Historias de la Argentina

 

La Ciencia de Mayo. Miguel de Asúa/Fondo de cultura económica.


Al analizar en qué consistía “hacer ciencia” hacia 1810 en el Río-de-la-Plata, Miguel de Asúa tiene en cuenta los múltiples aspectos de todas cultura científica, a los que suma la complejidad de la articulación entre la última época virreinal y los primeros años de la independencia, sin duda, algunos de los años más inquietos y, a la vez, de espíritu más progresista y renovador de la historia argentina.

Enigmas de la historia argentina. Diego Valenzuela/Sudamericana.


Con una mirada distinta y sin perder de vista las pequeñas historias, Valenzuela plantea interrogantes que son el disparador para analizar, a la luz de las investigaciones históricas más recientes, los hechos y procesos de los temas cruciales de la vida nacional del siglo XIX. Por ejemplo, la pregunta ¿por qué no quedan negros? Permite conocer la historia de la esclavitud y el mestizaje en el país.


Pensar la Nación. Conferencias del Bicentenario. Juan Quintar y Carlos Gabetta. Capital Intelectual.


En 2009, este ciclo de reuniones, organizado por Le Monde Diplomatique edición Cono Sur, la Universidad nacional de Comahue y el Banco Credicorp –convocó a prestigiosos especialistas argentinos de distintas disciplinas y convicciones ideológicas, pero que comparten la seriedad con que reflexionaron sobre el camino recorrido por el país desde 1810 y sumaron su pensamiento para echar las bases de un futuro democrático e inclusivo.

 
Monumento a Garibaldi en la avenida Santa-Fe. Foto de Elena

 1810, la otra historia de nuestra revolución fundadora. Felipe Pigna. Planeta.


“Me propongo acercarles a mis lectores elementos generalmente dispersos para analizar el complicado y fascinante proceso de nuestra revolución fundadora”, dice Pegna en el prólogo de este libro que, agrega, está pensado como un modelo para armar. Con su lectura es posible descubrir los objetivos, ideas y aspiraciones que movilizaban a quienes, por esos agitados días de 1810, habían comenzado a cambiar una realidad de dominación colonial.

El Relicario Ernesto Mallo. Planeta.


La ficción también tiene espacio en la historia. Mallo presenta una novela de aventuras e intrigas con trasfondo histórico que, aunque no tiene pretensiones de erudición, está fundamentada en una extensa bibliografía. A través la historia de un relicario que circula de mano en mano, recorre tres siglos de historia para culminar en el Rio de la Plata, luego de los sucesos de Mayo.

El otro Bicentenario. 200 hechos que no hicieron Patria. Gustavo Ng, Néstor Restivo y Camilo Sánchez.


Los Maldonado – como se llamaron los autores, en homenaje al desatino – reviven 200 momentos oscuros, algunos ridículos y otros trágicos, de la historia de Argentina. Plantean un recorrido tan arbitrario e irreverente como respetuoso y con cierto tamiz de cariño, que puede ser tomado como una vía posible para aprender del error, analizar algunos aspectos, hacerse cargo de otros y, por momentos, reírse de ciertos matrices de la idiosincrasia argentina.

Argentina en 1910

Argentina en 1910


El magnífico Teatro Colón estuvo listo en 1908. Su inauguración se hizo coincidir con las fiestas mayas de ese año, anticipando las celebraciones centenarias con un coliseo digno de la capital que ya frecuentaban artistas célebres, como el tenor napolitano Enrico Caruzo (1873-1921), quien visitaba estas latitudes (Argentina) desde 1899.

La flamante Avenida de Mayo, moderna arteria que une el Congreso con la Casa de Gobierno, fue engalanada para los desfiles oficiales en donde se podían apreciar imponentes carruajes tirados por caballos, o algún raro automóvil pionero. Nadie en la capital quería perderse estos espectáculos públicos, y la frase “alquilo balcón” se puede leer en más de un aviso en distintos diarios porteños de aquellos días.Como no podía ser de otra manera en el Granero del Mundo, la Sociedad rural organizó una Exposición internacional de Ganadería que se inauguró dos días después del aniversario mayo.

Otras exposiciones del año fueron la Ferroviaria (los trenes estaban en su apogeo), la Industrial y la de Bellas Artes.

También abrió sus puertas este año la Escuela Aérea Argentina, el 27 de julio.

En cuanto a las provincias, la Nación puso en marcha en agosto un plan de obras para llevar agua potable a aquellas que desearan participar en el proyecto.

La Casa Rosada - el palacio presidencial. Foto de Elena

Roque Sáenz Peña


El 13 de marzo 1910 hubo elecciones presidenciales y resultó designado Roque Sáenz Peña (1851-1914). Estas votaciones se llevaron a cabo por medio de un sistema de electores sujeto a todo tipo de presiones, fraudes y negocios.

Sáenz Peña, un abogado y diplomático de prestigio internacional, batalló para lograr la Ley de Sufragio Universal, promulgada al fin el 13 de febrero de 1912. Pero él no vivió para verla en marcha con la elección de un sucesor: Sáenz Peña murió el 13 de febrero de 1914, y fue re-emplazado por su vicepresidente Victorino de la Plaza (1840-1919). También, por unos meses, se perdió la posibilidad de ser el gran anfitrión del Centenario, porque Sáenz Peña asumió la presidencia de la Nación el 12 de octubre de 1910. Los honores de la celebración del 25 de mayo le compitieron al todavía titular, José Figueroa Alcorta (1860-1931). Por su parte, este Presidente de transición (había re-emplazado al también fallecido en ejercicio Manuel Quintana, en 1906), es hoy más recordado por una tradición curiosa, luego devenida ley (20.843). Se trata de aquella que beneficia con el padrinazgo presidencial al séptimo hijo de un matrimonio nativo. 

Curiosamente, la primera familia que accedió a este honro fue una de campesinos rusos radicados en Coronel Pringles (provincia de Buenos Aires), en 1907, apellidada Brost. La Argentina del Centenario era asimismo el país adoptivo de millares de inmigrantes. 

¿Quiénes fueron las visitas más distinguidas?


Los festejos incluyeron la invitación de gobernantes ilustres de países limítrofes, europeos y algunos más remotos y exóticos para la época, como Rusia y Japón. En vez del temido cometa Halley, el 18 de mayo llegó la Infanta, así llamada a secas hasta hoy. Pero no del cielo, sino del mar. Doña Isabel de Borbón, tía del rey de España don Alfonso XIIII, desembarcó en Buenos Aires con gran boato. Se dice que en su paso por el país gastó sólo en propinas y obsequios más de 20 mil pesos (una revista, como Cartas y Caretas, por ejemplo, costaba 0,20 centavos). 

Sin tanto oropel, pero con mayores créditos intelectuales llegaron los escritores españoles don Ramón del Valle-Inclán (1866-1936), dramaturgo y excéntrico, y Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), autor de Sangre y arena, llevada al cine por Hollywood en dos ocasiones. Este último quedó tan entusiasmado por la Argentina que fundó colonias agrícolas en las provincias del Neuquén y de Corrientes. Georges Clemenceau (1841-1929), uno de los políticos más importantes de la época, no sólo visitó el país, sino que al año siguiente, de vuelta en París, publicó una serie de artículos sobre la Argentina en la prestigiosa revista L’Illustration. En ellos contó sus impresiones sobre paseos por El Tigre, en el Delta bonaerense, por Rosario o Tucumán, cuyas vecinas le provocaron esa confesión: “algunas de sus mujeres son de una rara belleza”

Cacao y chocolate

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